Cuando truena la madre tierra


Cauce seco del río Caslilla. Otoño 2010

El clima cambió en Vellosillo desde mediados de los años 50, en el siglo XX. Hasta aquella época las inclemencias meteorológicas eran mucho más extremas que lo que vivimos en estas últimas décadas. 

Los inviernos eran más fríos y largos. El pueblo solía cubrirse por un manto de nieve de un metro de espesor, durante 1 o 2 meses al año. Los vecinos construían senderos con las palas que conectaban las casas del pueblo, la escuela y la Iglesia. Cuando las nevadas se producían con viento fuerte, las ventiscas formaban enormes ventisqueros en el pueblo, que se denominaban balagueros. La abundancia de nieve provocaba unas primaveras con un copioso deshielo. 

Varias fuentes, hoy desaparecidas, manaban agua durante todo el año, formando arroyos que contribuían a aportar caudal al río Caslilla. En el Plautero había una fuente que formaba un arroyo que desembocaba en el Caslilla un poco antes del Huerto Jarrillo. En general, todo el término municipal contaba con mucha más agua de la que podemos observar hoy en día


Vellosillo nevado. 2009

En verano se producían las "venidas", término con el que se denominaban las crecidas del Caslilla. No sucedía todos los veranos, pero cada dos o tres años, como máximo, en verano se desencadenaba la venida. Las nubes se acumulaban en la sierra, donde comenzaba a llover con muchísima intensidad. En Vellosillo se desataba una violenta tormenta eléctrica. Era repentino y brutal. En plena época de cosecha, los vecinos del pueblo arrojaban lo más lejos que podían las hoces, para evitar atraer a los rayos. Más de una vez, observaron como un rayo rompía en varios pedazos la hoja de una hoz, y como caían rayos en las casas del pueblo. Todo el que estuviera tocando algo de metal sentía la descarga eléctrica desde cualquier lugar del pueblo.

La tormenta eléctrica era el preludio de la venida. El caudal del Caslilla comenzaba a subir inquietantemente. Cuando el Arroyo de las Dehesas de Perorrubio (el que desemboca en el puente de la carretera) comenzaba a desbordarse, era cuestión de poco tiempo que apareciera la venida. Todos los que estaban trabajando en el campo trataban de ponerse a salvo buscando las alturas de los cerros, dejando todo lo que estuvieran haciendo. Era una cuestión de supervivencia. 

Un estruendo terrorífico se escuchaba por todos los lados. Se trataba de la venida. Una pared de agua iba arrasando todo lo que encontraba en su camino. La tromba de agua en la sierra desaguaba violentamente de un solo golpe. El campo quedaba totalmente anegado. Por tener una referencia, el nivel del agua podía subir hasta donde está la carretera hoy en día, o hasta la mitad del camino de la Iglesiona. Durante uno o dos días mantenía el nivel, comenzando después a bajar hasta que el río recuperaba el cauce original de nuevo.

El pueblo quedaba partido en dos, y a los que les sorprendía con los animales o trabajando el campo al otro lado del río, les dejaba incomunicados hasta que bajaba la crecida. Al ser verano, se quedaban durmiendo en el campo hasta que podían volver a cruzar. En cada venida  los habitantes del pueblo se situaban en los cerros cercanos al río para observar boquiabiertos la fuerza de la naturaleza.

Cuando desaparecía el agua que cubría las tierras de la ribera del Caslilla se podía valorar el destrozo. Había un dicho en Vellosillo: "El río hereda o deshereda". Algunas tierras desaparecían por completo, arrastradas por la corriente, otras se partían en dos y aparecían los áridos arrastrados en otro sitio donde surgía una tierra nueva de forma espontánea. Si la crecida pasaba por las tierras que se encontraban en plena cosecha, inutilizaban todo el trabajo hecho, dejando inservibles los haces, que ya solo servirían de comida para las gallinas. Lo mismo ocurría con las pequeñas huertas que se cultivaban junto a la ribera. 

En 1.948 sucedió una de las venidas más fuertes que se recordaban. Aquel verano, durante la noche antes de la venida, parecía que el mundo se iba a acabar, era algo casi bíblico, apoteósico. El miedo se apoderaba de los hombres y mujeres del pueblo asumiendo su insignificancia contra la fortaleza de la madre tierra tronando por sus dominios. La venida que provocó el casi-diluvio fue tan violenta que arrancó el puente de Perorrubio de cuajo, haciéndolo desaparecer entre el torbellino de agua. La tragedia se apoderó del pueblo cuando tras el desagüe de la crecida, Isaac García moría ahogado bañándose en una de las gigantescas pozas que había creado la venida entre el Juncar y el puente de la Iglesiona. Una cruz fue colocada por la familia en el lugar donde murió, hasta el año 2.004 que fue trasladada al cementerio nuevo. 

Aunque puntualmente ha seguido habiendo crecidas, la última venida que se recuerda ocurrió en 1.955.


Tormenta de verano. 2009



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